El Poder de la Sangre de Cristo

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“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.”

Hebreos 9:11-15

 

Queridos hermanos:

 

En muchos lugares ya no se predica sobre la sangre de Cristo y su poder. La sangre de Cristo tiene poder todavía. La sangre se derramó en la cruz. Por esa sangre fuimos comprados. 

 

En la antigüedad el pueblo iba una vez al año y ofrecía una cordero por su pecado. La sangre de ese animal era derramada. Cuando Adán y Eva pecaron se derramó la sangre de un animal para cubrirlos.

 

¡El pecado destruye! No hay nada que pueda limpiar el pecado, sólo la sangre de Cristo. Los sacrificios de animales sólo cubrían el pecado pero no lo limpiaban. Cuando Juan el Bautista estaba bautizando y vió a Jesús dijo: he aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su sangre no taparía sino que limpiaría el pecado de la humanidad. Sólo Cristo salva y solo su sangre nos limpia de todo pecado. Esa sangre nos justifica, nos redime y nos transforma. Hemos sido salvados y comprados pero cada día somos santificados.

 

Hay muchas que tienen el corazón endurecido porque tienen doble vida. ¡Dios cambia nuestra consciencia! Los que no tienen a Cristo tienen su conciencia cauterizada. Tenemos una vida con Dios. Cristo viene, Dios quiere una iglesia en santidad. 

 

La sangre de Cristo limpia y sigue limpiando. ¡Sólo la sangre de Cristo nos redime! El precio que Dios pagó para que le pertenezcamos a Él fue la vida de Jesús. Sólo uno que entregó su vida fue suficiente para rescatarnos a todos. El pecado no puede enseñorearse en alguien que es de Cristo. ¡El diablo no empuja! La falta de relación con Dios es la que abre los apetitos de la carne. 

 

Le pertenecemos a Dios (Hebreos 9:12). La sangre de Jesús nos limpió del pecado y de lo que nos mantenía como esclavos. No podemos dejarnos arrastrar por la condenación. Gracias a la sangre de Jesús vertida en la cruz fuimos redimidos de la maldición. ¡Cancela las maldiciones generacionales y las enfermedades generacionales! Jesús se hizo maldición por nosotros. En Cristo Jesús la bendición de Abraham nos alcanza. Esto es un regalo de Dios. Fuimos justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención en Cristo Jesús.

 

La promesa de la redención Dios la cumplió enviando a su hijo. Debemos vernos como redimidos, libres del pecado y hechos hijos de Dios. Debemos confesar nuestros pecados para ser limpios de la maldad (1 Juan 1:9). No podemos justificar el pecado. No podemos vivir con una carga de pecado. ¡El pecado nos separa de Dios! La santificación es cuando la sangre de Cristo nos limpia. 

 

No podemos vivir atormentados por el pecado de nuestro pasado. El enemigo es quien trae los recuerdos para atormentarnos. ¡El diablo fue derrotado! No podemos permitir que nos atormente. Hemos sido redimidos y limpios en la sangre de Jesús. Ahora somos hijos de Dios. Si nos sometemos a Dios y resistimos el diablo tiene que huir (Santiago 4:7). Ya tu pasado no importa, lo que importa es tu presente y hacia donde vas. 

 

Debemos acercarnos confiadamente al trono de Gracia, allí alcanzaremos el oportuno socorro. Lo que humanamente era imposible para nosotros lo hizo Jesús. Hemos sido santificados por medio de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo.

 

La sangre que pusieron los judíos en sus casas fue por señal para que el ángel de la muerte no entrara a sus hogares. Ese pacto está vigente pero la sangre que está hoy sobre nosotros es la sangre de Cristo. Estamos bajo cobertura y pacto divino. La sangre de Jesús tiene poder para desatar ligaduras y cambiar conciencias.

 

Esto es fundamento firme de lo que creemos. La sangre de Jesús fue el sacrificio. Por esa sangre somos más que vencedores (Ap. 12:11).

 

Lo que nos da la victoria a ti y a mi es la sangre de Cristo.

 

Con amor,

Apóstol Wanda Rolón

 

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